UN PROYECTO DE LOS SECTORES MÁS ENTREGUISTAS Y ANTINACIONALES
En 1998 la bancarrota de la derecha venezolana se expresó al presentar candidaturas presidenciales tan risibles o retrógradas, como las de Irene Sáez o Alfaro Ucero, que luego cayeron estrepitosamente para encolumnarse tras Salas Römer, el empresario-oligarca que tampoco «entusiasmó» al pueblo del 27 y 28 de febrero del ’89, dando paso a la contundente victoria de Chávez. Hoy también viven momentos de «estelar» desbarajuste, acentuados por las derrotas propinadas por el pueblo trabajador venezolano ante cada ataque reaccionario que intentaron. Es así como hoy no tienen reparos en tener como abanderado de la reacción a un ex-adeco, parte del personal de las últimas décadas puntofijistas, que fue el único gobernador en estampar su firma para apoyar la sangrienta dictadura empresarial proyanqui que se intentó montar el 12 de abril. La derecha lo que busca en estas elecciones es intentar recomponer sus fuerzas luego de las continuas derrotas que le ha asestado el pueblo, para luego arremeter nuevamente contra los trabajadores y las masas populares.
Ese es el personaje que presenta hoy la reacción, no sólo venido de las filas de AD y cómplice (¿o artífice?) del «carmonazo», sino que encabeza un gobierno regional abiertamente antipopular, cómplice del terrorismo que imponen sicarios y paramilitares contra los campesinos que luchan por la tierra. Más allá de sus propuestas de populismo barato, lo que en realidad representa Rosales son los intereses más antinacionales que puedan albergar la burguesía venezolana y sus políticos. Su línea es la de la «apertura» sin control al capital extranjero, la entrega de las riquezas, recursos y mano de obra nacional a la libre expoliación por los capitales imperialitas, así como la completa subordinación política del país al imperialismo yanqui y su política de dominación y opresión. En fin, lo que propone es transformar a Venezuela en una estrella más de la bandera yanqui.
A pesar de toda la maquinaria mediática y los recursos económicos con que cuentan Rosales y los partidos y grupos que lo apoyan -buena parte financiada por el gobierno de los EEUU-, esta candidatura no encuentra respaldo popular alguno. Los trabajadores y el conjunto de las masas pobres de este país saben que Rosales no tiene nada que ofrecerles, más que un gobierno de completa entrega al imperialismo yanqui, políticas antiobreras y antipopulares, y represión para imponer los planes del capital transnacional. Hace rato que la clase trabajadora le dio la espalda a proyectos de este tipo, derrotándolos incluso en las calles y las fábricas cuando intentaron imponerse de nuevo gobiernos de la reacción. Si algo tienen claro las mayorías trabajadoras, es que nada provechoso pueden ofrecer quienes postraron al país a los pies del imperialismo estadounidense, quienes drenaron siempre la renta petrolera hacia los capitales extranjeros y la parasitaria burguesía venezolana, y quienes en sus últimas décadas de gobierno, ante la crisis económica no dudaron un segundo en hacerla recaer sobre los hombros del pueblo, convirtiéndonos en un país donde 8 de cada 10 venezolanos eran pobres, así como tampoco dudaron en desatar la más cruenta represión contra el descontento obrero y popular.
Si la derecha venezolana, con su candidato Rosales a la cabeza, aún sigue con vida es gracias a las políticas de negociación que ha venido llevando Chávez que no les ha dado el golpe definitivo tal como lo ha reclamado el pueblo en las calles. El propio referéndum fue una política pactada para dar una salida institucional a la crisis y sacar al movimiento de masas de las calles, con la mediación del imperialismo bajo la figura del Centro Carter, y ha venido avanzando en nuevos pactos y negociaciones con la reacción, ya sea a través de los acuerdos con los empresarios que se benefician del alto crecimiento económico y los negocios con el Estado, así como también a través de acuerdos políticos que han permitido que ningún golpista esté hoy preso, como el mismísimo Rosales, golpista declarado, que impunemente hasta se presenta como candidato cuando debería estar tras las rejas.
Es por eso que de la mano de Chávez no se va a derrotar definitivamente a la reacción proimperialista encabezada hoy por Rosales, ya que a cada golpe que le daban las masas en las calles, este les ha tendido la mano para negociar sin que se vean afectados ninguno de sus intereses económicos. Fueron ellos los que durante el paro-saboteo desabastecieron a la población de alimentos de primera necesidad y del combustible de consumo doméstico, aceleraron el desempleo con el quiebre de empresas, y provocaron pérdidas al país por más de 20 mil millones de dólares en menos de dos meses, mientras mantenían y mantienen más de 100 mil millones de dólares en los bancos extranjeros. Todo esto para imponernos un gobierno profundamente reaccionario y servil al imperialismo.
Por eso afirmamos que lo que tiene por delante la clase obrera y el pueblo pobre es poder articular un programa y una alternativa revolucionaria propia que termine de derrotar definitivamente a la reacción proimperialista. Pero tiene que ser una política independiente del gobierno de Chávez, que se movilice con sus propios métodos de clase y de lucha como única garantía para terminar de derrotar a la burguesía venezolana, el imperialismo yanqui y sus representantes políticos, pues justamente siguen con vida por la política de conciliación y acuerdos de Chávez, inseparable de su proyecto político nacionalista burgués.