Aún cuando el proyecto de Chávez no se propone una verdadera lucha contra la explotación capitalista, sino que al contrario la mantiene, la mayoría de los trabajadores y sectores pobres confían en él. Al punto que el gran descontento porque aún no se resuelven los problemas obreros y populares, no es enfilado hacia su figura sino hacia funcionarios medios (ministros, gobernadores, alcaldes, etc.). Y si bien es cierto que hay corrupción y burocratismo, esa no es la causa fundamental de los problemas, sino el proyecto político del gobierno y sus políticas concretas, que habla de «poder para los pobres» mientras mantiene intactos los intereses de los explotadores. Pero el pueblo trabajador aún no responsabiliza a Chávez por esto.
Por esta confianza en Chávez, las movilizaciones y acciones contra la reacción no llevaron a su derrota definitiva sino a las negociaciones del gobierno con los golpistas. Esta situación constituye la cobarde excusa de muchos grupos de izquierda «independientes» del gobierno, para no intervenir en las luchas develando ante los trabajadores el carácter burgués del gobierno y luchando porque la clase trabajadora confíe sólo en sus propias fuerzas y métodos de lucha, sin ataduras al proyecto de Chávez, es decir, que se dote de una estrategia obrera independiente. Ni hablar de los grupos de izquierda que proclaman su «autonomía» frente al gobierno, pero en su estrechez política no conciben otra opción que la de apoyar a Chávez.
Afirmamos que una organización obrera revolucionaria, como la que luchamos por construir en el Partido Revolución y Socialismo (PRS), debe constatar esta confianza de los trabajadores en Chávez, no para adaptarse a esto y «acompañar» a los trabajadores en esta confianza, sino para articular una política que permita contrarrestar las ilusiones de los mismos en el proyecto de reformas capitalistas, que por medio de la propaganda, la discusión y, sobre todo, la experiencia de lucha diaria, logre el convencimiento de importantes sectores de la vanguardia obrera de asumir una estrategia de lucha consecuentemente anticapitalista, es decir, no sólo contra los patrones, sino también contra el gobierno que garantiza las relaciones de explotación.
Quienes renuncian a esta perspectiva, en realidad están renunciando a la construcción de una organización obrera verdaderamente socialista revolucionaria, independiente de cualquier variante burguesa, pues sencillamente afirman que no se puede intervenir el movimiento obrero sino es «escondiendo» ante los trabajadores el verdadero carácter del gobierno, y apoyando al mismo con algunas críticas secundarias. Es una actitud no sólo oportunista, sino también impotente para avanzar en una reorganización de la vanguardia obrera bajo la más celosa independencia política, condición necesaria para postularse como dirección del conjunto de las mayorías explotadas.