Como hemos venido reflejando en los números anteriores, la nueva situación nacional que se viene desarrollando, esta marcada por la relativa estabilización del proyecto político del gobierno, luego del referendo revocatorio y como válvula de escape de las tensiones que se vivían en las calles. Ello ha permitido al gobierno desplegar sus iniciativas hacia un conjunto de acuerdos con importantes sectores empresariales que, más allá de sus diferencias, tienen claro que éste ha rescatado la estabilidad y permitido la continuidad de las relaciones de explotación, alejando incluso el peligro de que las masas trabajadoras asuman su independencia de clase y se movilicen orgánicamente. Tales acuerdos permiten explicar el verdadero carácter del crecimiento económico, en la medida en que este proyecto se adecua mejor a la lógica de un capitalismo semi-colonial en crisis, en el que lejos de resolver nuestras grandes demandas estructurales, se han renovado los mecanismos de explotación de los trabajadores. Hoy comienzan a surgir elementos de la realidad nacional, en la que se hace evidente que la situación no es de plena estabilidad política para los sectores dominantes, en el entendido que los trabajadores comienzan a luchar contra el trabajo precario, por salarios dignos, por la nacionalización de las empresas en quiebra y puestas en funcionamiento bajo control de sus trabajadores; todo esto expresado en grandes conflictos y movilizaciones como la del pasado 19 de julio, que pican y se extienden a lo largo del país y como lo han venido expresando los últimos encuentros de la UNT.
El crecimiento del gasto público, los salarios y las ganancias
Es en el contexto de la hegemonía del capital, en el que el crecimiento de la producción, traducido en ganancias extraordinarias para el sector financiero y demás sectores industriales privados, es en detrimento de las condiciones de vida de los trabajadores. Según cifras oficiales se ha conseguido en el último período una reducción en 2 puntos en la tasa de desempleo, sin embargo, para el capital y su Estado esta política solo es posible gracias a un incremento de las ganancias más que proporcional al incremento de salarios y nunca como consecuencia de afectar dichos intereses para revertir esa distribución. Es así como, según datos oficiales, la distribución del ingreso en 2002 en lo referente a salarios y sueldos alcanzaba un porcentaje del 33% bajando para 2005 a un 25%, mientras que las ganancias de los capitalistas de un 38% en 2003 subieron para un 49% en 2005 (ver gráficos). De una producción nacional mayor a la anterior, nos corresponde a los trabajadores una parte más pequeña. Las ganancias del sistema financiero al cierre del primer semestre fueron de 1.490.356 millones de bolívares, 245.809 más que el cierre del primer semestre de 2005, cuando produjeron 1.244.547 millones.
Como marxistas partimos de la premisa de que el Estado burgués es la expresión y garante material de la relación entre capital y trabajo asalariado. En este sentido, el mejoramiento de los indicadores económicos, lejos de reflejar el cumplimiento de nuestras grandes demandas, sólo da cuenta de cómo se desenvuelve la función general del Estado como garante de la acumulación y reproducción de las ganancias de las clases explotadoras y cómo se echa por tierra todo mito de «la búsqueda de un equilibrio entre las clases» como tanto le gusta plantear a muchos reformistas.
En este contexto, constatamos que la expansión del gasto del Estado cumple su papel de liberar de responsabilidad directa a los burgueses en la «formación del capital humano» y también en la llamada «formación bruta de capital fijo», que representa para el 2005 casi el 80% de las remuneraciones al trabajo y el 40% de la remuneración al capital. Esto es producto de los desgrávamenes a los activos empresariales, las ruedas de negocios y líneas de crédito, que le garantizan - en algunos casos - una reconversión de la producción y la obtención de plusvalía relativa, aun cuando contradictoriamente, ello esté sujeto a la recomposición del movimiento obrero, en la disputa por el reparto de la renta. Bajar los costos de la fuerza de trabajo es central para que el capitalista pueda aumentar sus ganancias. Esto es lo que explica que, en un clima de relativa estabilidad, se hagan sentir las luchas de los trabajadores.
Sin embargo, el carácter del crecimiento económico sigue siendo altamente dependiente, dado su carácter de productor de materias primas y «comoditties» en la división internacional del trabajo. Ello se evidencia en el hecho de que el llamado consumo de capital fijo (la reposición de la cuota parte del desgaste de la maquinaria tomada en conjunto) aumentó para el período del 2002 al 2005, en un múltiplo de 2,6, teniendo que para el mismo período las ganancias aumentaron 3,4 veces.
Esta disparidad evidencia que gracias a los altos precios del petróleo, la expansión de la renta petrolera induce un fuerte impacto en el comercio de bienes y servicios con alto componente importado, como lo refleja la venta de vehículos y la fuerte demanda de créditos. En este sentido, para el período que va del 2002 al 2005, la gran recuperación de las ganancias se traduce en el aumento en un múltiplo de 8,17 de la llamada adquisición de activos financieros, teniendo así la banca una participación cada vez mayor en el total de las ganancias. De esta forma los únicos «ganadores» del llamado crecimiento económico, siguen siendo los capitalistas de la industria, del comercio y en especial, los de las finanzas, nacionales y extranjeros.
Vemos en qué se traduce la llamada política económica estatal, que no es otra cosa que ajustarse a las nuevas exigencias del «mercado de trabajo» en los actuales momentos. Esta realidad viene a confirmar una vez más, la incapacidad orgánica del nacionalismo burgués de introducir en la realidad socio-productiva una nueva dinámica innovadora que trascienda el mecanismo capitalista-imperialista y sus tendencias actuales. Y es que en un contexto en el que se pretende desarrollar la industria nacional, protegiéndola con subsidios y pechando con aranceles los productos importados, se termina sacrificando en los hechos el poder adquisitivo de los asalariados, exacerbando sus condiciones de explotación al ser los trabajadores quienes pagamos el costo de esta política. Por el contrario, los marxistas revolucionarios estamos por aniquilar este sistema de explotación en cualquiera de las variantes que se pretenda vender, es decir, luchar por la revolución social tarea que sólo puede ser llevada a cabo por los trabajadores y demás sectores sociales oprimidos, poniendo por delante nuestros intereses históricos e inmediatos, luchando por la expropiación de los capitalistas nacionales y extranjeros, dando así sólo el primer paso a una economía planificada y dirigida por los propios productores directos, los trabajadores.
1 Diario Reporte, 25/07/07.