Como expresión de todo esto, asistimos a la inauguración de una tirantez en las relaciones entre los gobiernos latinoamericanos, que entierra el mito sustentado hasta el momento por los gobiernos de la región de una supuesta «integración latinoamericana». Esto se ha demostrado en la falta de consensos entre los gobiernos éstos países en el último período, materializado en la parálisis del Mercosur, en las tensiones diplomáticas entre el presidente de Perú, Toledo, y Chávez por causa de los acuerdos bilaterales firmados con los EUA, en las tensiones entre Uruguay y Argentina y en la falencia de la CAN.
En este escenario se abren varios proyecto: el ALCA, ahora vía los TLC, la «integración latinoamericana» vía «Comunidad Sudamericana de Naciones» en torno a Brasil y al Mercosur, para regatear y, como una variante más nacionalista y antinorteamericana en el discurso, el posicionamiento «bolivariano» vía el TCP y el ALBA. Distintas respuestas, la primera absolutamente reaccionaria, reorganización del «patio trasero» bajo el dictado de los monopolios yanquis, las otras, impotentes para negociar frente a la primera un problema vital: la necesaria unidad económica y política de la región.
De esta manera se inaugura una situación que puede ser caracterizada como transitoria, resultante del debilitamiento relativo del imperialismo norteamericano sobre América Latina. Esta debilidad lleva a la conformación de bloques económicos y políticos de carácter temporario entre los gobiernos latinoamericanos visando la defensa de intereses parciales y momentáneos, no consolidando por ahora un nuevo equilibrio político regional más estable o definitivo. El bloque Morales-Chávez, que busca presentarse como una especie de «alternativa antiimperialista posible» frente al debilitamiento de la «unidad de los gobiernos de izquierda latinoamericanos», está destinado, producto de su carácter de clase, a no pasar de medidas puntuales que poco atacarán la raíz de los intereses imperialistas. En esta coyuntura queda en abierto el papel que cada uno de estos gobiernos ejercerán en la región.
La unidad continental es una necesidad vital para romper con el atraso y la dependencia de nuestros países, y como marxistas revolucionarios luchamos para romper con el atraso y la esclavitud a que nos somete el imperialismo, por una poderosa federación de los países latinoamericanos. Pero hemos visto que las decadentes burguesías latinoamericanas, socias menores en la explotación de sus países por el capital extranjero, hace mucho que han demostrado su incapacidad para resolver esta cuestión crucial, y las propuestas como el «Comunidad Sudamericana de Naciones» que impulsa Brasil desde 2004, responde más bien a los intereses de las élites dominantes locales y a las transnacionales imperialistas. El fragmentado Mercosur, del cual se benefician las grandes multinacionales para mejor succionar nuestras riquezas, atraviesa una crisis por los diversos intereses contrapuestos, conflictos entre Argentina y Uruguay, inconformidad de Paraguay y Uruguay con Brasil y Argentina. Pero también creemos que el proyecto del ALBA, contrapuesto por Chávez al ALCA, comparte los límites de fondo de toda apuesta a la integración latinoamericana, pues espera «convencer» a los gobiernos y a las burguesías nacionales como la brasileña y la argentina, atadas por mil lazos al imperialismo, de las conveniencias de la integración, y pero aún, con la colaboración del capital extranjero. Si bien es cierto que por los estrechos vínculos que ha establecido Chávez con Castro tiende a romper el embargo norteamericano a Cuba, creer que influenciando a los gobiernos como los de Brasil y Argentina, dominados por los intereses imperialistas se puede avanzar a la integración «latinoamericana de los pueblos» no es más que una ilusión.
Así, el gobierno de Lula, en acuerdo con las élites dominantes de su país y en acuerdo con los Estados Unidos, ha venido con una política de buscar mantener el orden regional buscando salidas dentro del marco del status quo imperante a las embestidas del movimiento de masas como en los casos de Bolivia, o buscando atenuar, por ejemplo, la confrontación entre Venezuela contra el imperialismo norteamericano y contrapesar la enemistad de gruesos sectores de la oposición proimperialista venezolana con Chávez. Veamos también cómo el gobierno uruguayo de Tabaré Vázquez, viene de firmar con los Estados Unidos un acuerdo en noviembre de 2004 sobre inversiones con este país, altamente ventajoso para las multinacionales norteamericanas, y recientemente acaba de encontrarse con Bush para profundizar estos tratados con la apertura de los mercados, una variante de TLC. Paraguay, el llamado socio menor del Mercado Común del Sur por las desavenencias con sus otros socios se inclina a establecer acuerdos con los Estados Unidos y acepta cómodamente bases militares norteamericanas en su territorio, muy cerca de la crítica Bolivia.
Frente al anuncio de Evo Morales de la «nacionalización» de sus hidrocarburos, el mandatario brasileño saltó en defensa de la Petrobrás. No se podía esperar otra reacción a quien actúa como abogado de las clases dominantes brasileñas, tal como lo hizo el presidente argentino Néstor Kichner, en defensa da la multinacional de capital europeo Repsol. Para calmarlos, Chávez se movilizó rápidamente a Foz de Iguaçú, para convencerlos que nadie perdería con la medida del presidente boliviano, es decir, que estos grandes pulpos económicos iban a continuar expoliando las riquezas naturales del pueblo boliviano, y remarcándoles la participación en la futura construcción del «gasoducto del sur», incluso dentro del marco del Mercosur, es decir, de la activa participación de las multinacionales.
Como observamos, los proyectos de las burguesías sudamericanas con su Mercosur, al cual tan entusiastamente se ha venido sumando Chávez desde la Cumbre de Mar del Plata, está enmarcado en los intereses «integracionistas» de las transnacionales y de los poderes locales. Así vemos cómo resalta la inviabilidad de los proyectos de «construcción sudamericana» o de integración reformista, basados en las burguesías nacionales entreguistas, que al mismo tiempo que mantienen la común subordinación al imperialismo del cual dependen, y son socias menores del capital extranjero en la explotación de sus propios países, rivalizan permanentemente en los negocios, cuando les es posible, a costa de los vecinos más débiles.
En el propio acuerdo recién firmado entre Venezuela, Cuba y Bolivia, poco se dice que grandes empresarios bolivianos son beneficiados, sobre todo aquellos sectores ligados al sector agropecuario. Así, el gobierno venezolano se compromete, por ejemplo, la compra de toda la soya que no pueda tener entrada en el mercado colombiano por la reciente firma de Uribe con Bush del nuevo TLC. Pero lo que no se ventila es que los grandes productores de soya en Bolivia pertenecen a la propia burguesía santacruceña, la más recalcitrante derechista y es la que se terminará beneficiando. Los acuerdos con otros países que Venezuela negocia, beneficia a grandes grupos capitalistas, en el marco de la integración latinoamericana. Así, por ejemplo, grandes negocios de capitalistas argentinos como Techint, Percarmona, como de Repsol, que contradice todo lo que se afirma a nivel de la retórica con el ALBA, de integración de los pueblos. Los tratados son negociados entre empresarios. Recordemos el sostén dado por el propio gobierno de Chávez al giro de recursos económicos, vía la compra de bonos argentinos, hacia al FMI, participando de esta manera en una especie de triangulación financiera Venezuela-Argentina-FMI que como dijera un analista «convalida la vigencia de todos los mecanismos de pago de la deuda externa que actualmente rigen en América Latina». Es que a pesar de los matices, en todos estos mecanismos de integración están detrás los intereses económicos y comerciales de las respectivas burguesías latinoamericanas.
Cuando el imperialismo norteamericano quiere consolidar su dominio sobre nuestros países, donde la implementación de TLC con diversos países apunta a ejercer este dominio, o mecanismos como el Mercosur que hablan de integración latinoamericana pero que en verdad benefician a las élites dominantes, y donde proyectos como el ALBA («el antiimperialismo de lo posible») son completamente impotentes, la clave es unir la lucha de los obreros, campesinos y el pueblo pobre latinoamericanos. Las diversas burguesías locales no pueden responder a la tarea histórica de la unidad latinoamericana, inseparable de la tarea de romper con el imperialismo, por lo que ésta queda por entero en manos de los trabajadores. La liberación de los trabajadores del campo y la ciudad, la liberación de los países latinoamericanos del yugo del imperialismo y del atraso al que nos condena el capitalismo, sólo es posible a través de la lucha contra el imperialismo ya sea norteamericano o europeo, y todas sus agencias, las burguesías locales verdaderos dueños de todos los medios de producción, los bancos, las tierras, etc. América Latina y el Caribe sólo podrán romper con el atraso y la subyugación uniendo a todos sus estados en una poderosa federación, pero no serán las retrasadas burguesías locales ni los proyectos reformistas de carácter neodesarrollista (y dentro de economías de mercado, como ocurre en Venezuela) los que podrán resolver esta tarea, sino el poderoso movimiento obrero en una alianza revolucionaria con el conjunto de las masas oprimidas. El único programa que puede garantizar esta tarea es el que se sintetiza en la conquista revolucionaria de repúblicas obreras y campesinas que confluyan en una Confederación de Repúblicas Socialistas de América Latina y el Caribe.